Crazy Dog.

No, dejame de joder, yo a ese bar de mierda no voy más. ¿Cómo que por qué? Si ya viste lo que pasó, yo te lo conté. ¿No te acordás?
Por eso te digo, vamos a otro lado. A lo del Reo no, porque ahí están todos mamados y siempre se arman quilombos. Te fichan en la puerta nomás que no sos del palo y luego te bardean. Una vez fuimos con el Mati ¿Te acordás Mati? Y ahí nomás en la barra nos sacaron la ficha unos del agite. Igual subimos la escalerita esa, que el día que se arme un incendio no se como van a hacer para salir por ahí, y llegamos arriba. Arriba había una de caripelas, mamita!! La de caripelas que había ¿Te acordás Mati? Resulta que estábamos tomando una cerveza y una morocha lo mira al Mati, ¿Sabés como saltaron los negros? Mamita!! La escalera esa no se como la bajamos pero le mandamos pata porque sino nos linchaban. Eran como treinta y nos siguieron eh, hasta las vías nos corrieron, y decí que apareció un patrullero porque sino todavía nos están corriendo.
¿Al del Tordo? Ni en pedo, ahí son todos putos… Te rompen el culo para entrar, te rompen el culo en la barra, te rompen el culo en el baño y te rompen el culo cuando querés irte. Jajaja ¿Te acordás Mati cuando te manotearon los 200 gramos? Fue el viejo ese, el que vende diarios, se lo quería comer.
Bueno no se, ya se que Crazy Dog esta copado pero yo no voy. Vayan ustedes si quieren, todo bien, yo me voy a casa a mirar tele, creo que en Telefe dan una de patadas ninjas. Si dale, vayan, no se preocupen, yo me voy a casita. Mejor así ahorro un poco de guita y bajo la panza, mirá… todo alcohol jajaja.
No en serio, dejame de joder. No “ya fue” nada, ¡Las pelotas! Una cuestión de principios negro. Porque yo me acuerdo cómo empezó todo, si con el Mati fuimos el primer día ¿Te acordás Mati? Habíamos ido al súper a comprar unas birras y lo cruzamos al Barbas que nos cuenta que se juntaban a comer un asado en una casona del Dog y después abrían para los de afuera. Y con el Mati dijimos de ir, para ver que onda. No va que tipo 12 de la noche se larga una tormenta de san puta ¿Te acordás Mati? Se caía el cielo negro, era un baldazo atrás de otro, como cachetada de loco. No me vengan con que en invierno esto y en invierno aquello. En invierno hace frío y todo lo que vos quieras pero tormentas, lo que se dicen tormentas, son en verano. Era la 1 y seguía lloviendo, con el Mati nos mirábamos porque el agua no paraba pero bueno, le habíamos dicho al Barbas que íbamos, así que nos embarcamos. Cuando salimos, mamita… el agua llegaba de vereda a vereda. No nos ahogamos de pedo aquella noche. Llegamos allá y vos sabes que no había nadie, ni el loro. Éramos ocho nomás. Había más gente atendiendo que clientes.
Durante esa semana nos cruzábamos con el Barbas, con Julito, con el Dog y con sus hermanos (que son una banda) y nos trataban como reyes. Bah el Dog no porque es medio secote pero igual nos daba charla y que se yo. Era una cosa que nos cruzábamos con alguno en la calle y se desesperaban por saludarnos. Al otro finde fuimos y también, 4 o 5 gatos locos nomás. Para colmo era de aporte la cosa, uno llevaba un cajón de esta cerveza, otro un cajón de aquella otra y así, varias marcas manejaban. Igual todos tomábamos Quilmes, hasta que se acababa. Tenían la alemana, esa que sale un huevo, al final la terminaban vendiendo a mitad de precio. Pero en parte estaba bien eso, a la gente le gusta la variedad aunque todos terminen eligiendo siempre lo mismo.
La casona era un antro pero mal ¿Te acordás Mati? Se caía sola la casa. Estabas ahí adentro y tenías el peligro de que se te caiga un pedazo de revoque. El matafuego había vencido en abril del 95. Encima las cosas eran afanadas de todos los bares. Un sillón que se lo habían hecho a los putos del Tordo, unas mesitas plásticas de no se donde y hasta una luz con forma de saxo. Hasta el nombre afanado tenían (y tienen). Porque todos sabemos que se lo afanaron a un bar de Bariloche. ¿Cómo que no te acordás? Uno que está al lado del Ausonia, en la costanera. Pasa que vos tenés menos memoria que un mosquito, pero ahí íbamos todos en el viaje de egresados. Lo cerraron hace un par de años cuando se murió una mina en el baño, pero sino todavía seguirían yendo a hacer la previa. No me vengan con que es pura originalidad, chamuyo, eso es afanado de allá.
Así con todo, un sólo cd compilado tenían jajaja. Nos pasábamos toda la noche escuchando los mismos temas, ya sabíamos hasta el orden en el que venían. Y estaba esa piesucha, la del medio, donde el Dog se mandaba con la amiga de su novia, que estaba siempre cerrada. Después me enteré que ahí había una fuga eléctrica que no podían encontrar y por miedo a que se les quedara pegado alguno la mantenían cerrada.
Y viste como son las cosas, no se cómo ni por qué, pero se les empezó a llenar el quincho. Un sábado llegamos con el Mati y había banda de gente. Esa noche hasta me pasé del otro lado de la barra y los ayudé a cargar la heladera y lavar unos vasos. Obviamente para las 4 de la mañana se les había acabado toda la cerveza, hasta la alemana, esa que vale un huevo.
A partir de ese sábado no paraba de caer gente, pero mal, una pendeja mejor que otra, no sé de donde salían. Iban los chetitos estos, los hermanos ¿Cómo es que se llaman? Si esos, los de la Chevy restaurada. Una noche nos cayó la cana. Bah, todas las noches empezó a caer la cana, pero la primera fue genial. Le dijimos que era una fiesta privada y se tuvieron que ir. Se les hizo costumbre ir, caían 3:45 por la cometa, pero luego la presión de los vecinos se hizo insostenible y tuvieron que clausurar. El primer sábado que no abrieron yo no salí, ni daba.
Dos semanas estuvieron clausurados. Una tarde nos cruzamos con el Barba y nos dijo que habían arreglado con este ¿Cómo es que se llama? Si ese, el que vende droga. Bueno, no se que arreglo hicieron y se mudaban al local de este, algún arreglo con las entradas creo. Por un lado me alegré aunque me dio mala espina, igual le dije al Barba que les ayudaba a pintar y me dijo que cualquier cosa me mandaba un mensaje.
Cuando abrieron fue bastante gente, sobretodo porque ahora estaban en el centro, ahí nomás de todo. Fue medio raro porque nos cobraban entrada pero bueno, era el trato que habían conseguido. La música también cambió bastante, era más punchy punchy y menos rock del barrio. Lo que me llamó la atención fue que ahora sólo vendían una marca de cerveza y carísima. Una botella chiquitita que en dos tragos te tomaste todo. Yo igual seguí yendo porque son todos buena onda y siempre nos llevamos bien con el Barba, con Julito, con el Dog y con sus hermanos. Bah el Dog es medio secote.
Pero viste como salta la ficha por la plata. El sábado pasado vinimos tipo 5, porque habíamos tenido un cumple y estaba el mono en la entrada, cobrando como siempre. Hicimos la cola y cuando estábamos por entrar nos dice que ya no entra más gente, que el bar está lleno. Yo le dije que yo iba desde siempre y se me cagó de risa ¿me podés creer?
Sí, tenés razón, que se vaya a cagar, el mono vendedor de drogas ese. Yo me fui a las puteadas. A mi, que fui cuando éramos ocho nomás y que me rogaban en la calle para que fuera, ahora me dicen que no tienen lugar para que entre. No, dejame de joder, yo a ese bar de mierda no voy más.

Ariel Ernesto H. C.

El Sanador (La historia del muerto)

El mismo tren que se detuvo en medio de la nada lo vio buscar reparo del sol, mientras ambos se alejaban en busca de sus destinos. La historia del muerto es una herencia recibida de mi abuelo y este de un extinto peón de La Quebrada. Juan Del Vecchio llevaba tres años de residente como médico clínico en el hospital regional de Resistencia. Un viaje inesperado al corazón mismo de la selva chaqueña lo llevó a encontrarse con Ramón Asís, el muerto. Once años le llevaba Ramón de ventaja en una vida ausente de toda vida. Once años lo estuvo esperando al doctor Del Vecchio. A principios de 1900 los pueblos del Chaco eran apenas una serie intermitentes de chacras, de estancias y de tambos que se avecindaban a varios kilómetros unos de otros. Un destacamento caminero y una despensa nucleaban las estancias. En la despensa de Don Cítaro al final de los jornales había un desfile pintoresco de caña, de hembras y de truco donde nunca faltaban las guitarreadas a contra punto y los apuñalados. Ahí mismo les rezaban un rosario y los cubrían de tierra. Ni cementerio ni escuela se habían fundado aún. En la triste capilla se hizo lugar el nuevo médico, el sanador de la capital. Varias semanas tejió la telaraña del aburrimiento. Exceptuando algunos mordidos por serpientes, cuya suerte era irremediable, nadie se adentraba por su ayuda.

En la estancia La Quebrada yacía Don Ramón. Once años a medio morir, once años a medio vivir. Once años sin poder conciliar el sueño eterno. Así se lo refirió un gringo, alemán quizás, un aventurero llegado desde el Brasil hacía más de cuatro décadas.
- La yegua de su madre murió cuando él nació. Nadie pudo nunca lazarlo al sulqui pa’ las fiestas ni a la carreta pa’l reparto. Ese potro era mandinga, se lo digo yo.
- El Mañero! Lo conozco, me lo han nombrado. Usted dice que viene por pedido de quien logro amansarlo.
- Los Asís fueron domadores de caballos desde siempre, desde el primero hasta el último. No hubo uno que no dominara el oficio. Curiosamente todos murieron lejos de los pingos. Don Altanero murió en unos quilombos más al sur hace ya 25 años, apuñalado. Igual suerte corrieron Don Julián y el Rogelio, cuando aún era muchacho. A Don Pedro y al viejo Victorino se los llevaron el malón y la caña y al embustero del pardo lo ahorcaron en una celda del Brasil. El muchachito Julián, el hijo de don Ramón también murió. Lo encontraron en el bosque hace cinco meses. Ese muchachito ensilló al Veneno y a la Catalina, le corría fuego por las venas. Desde entonces el muerto sólo busca su destino y por eso estoy hoy aquí.
- Mi lugar en este mundo es salvar las vidas no quitarlas. - Replicó el doctor Del Vecchio adivinando siniestras intenciones. - De igual manera, aunque yo lo quisiera, es imposible matar a quien no se puede morir. Es su destino, deberá aceptarlo.
- Su destino era domar, dejar el legado y morir. Pero ahora él es el único Asís, condenado a morir y a vivir eternamente. ¿Qué clase de destino es la inmovilidad perpetua? No es una piedra del río, sólo es un gaucho de esta tierra.
- ¿Si Dios no ha querido y la muerte no ha podido cómo pretende que lo haga yo?
- Si quien da la muerte no pudo entonces quizás sí pueda quien da la vida. Mi Carreta nos espera.
La última frase acertó una orden pero escondía también una respuesta, pendiente e imprescindible.

Durante lo que quedaba de noche viajaron, hundiéndose en el denso campo chaqueño. Los moscos, las víboras y el repetido llanto de ranas y de sapos los persiguieron en el trayecto.
No se midieron palabras, no miraron a otro lado que no sea hacia adelante, ni se convidaron con tabaco. Al llegar a destino el alba ya se hacía sobre todos. Los peones lustraban largas sombras entremezclándose con los animales, con los fardos, con el corral. Alguien se arrimó con el mate listo en la diestra.
El Mañero había sido un potro Malacara hijo del mismo diablo y Ramón al domarlo recibió su maldición. Aquel sábado logró lo que nadie había podido. Tremendas vueltas dieron por aquí y por allá, las patas abanicaban cortando el aire. Serios estaban todos, cara de circunstancia en cada uno. Parecía que iba a volar por los aires dicen. Finalmente ese caballo mezquino se doblegó en su misma arrogancia, las espuelas y el rebenque le habían marcado el lomo. El muerto bajó con la camisola empapada en sudor, las piernas le temblaban y el pecho se agigantaba hasta el desborde. Su hijo esbozó, a según dicen, una sonrisa tan grande como el sol. El orgullo y la admiración de la paisanada habían valido el riesgo. El diablo hecho potro había sido enjaulado y su espíritu obligado a tirar de una vieja carreta. Esa misma tarde la maldición se hizo presente. Ramón cayó sobre su propia espalda y la luz se hizo sobre él. Inmóvil supo que su momento había llegado, quiso cerrar el puño pero no pudo. Un baldazo de agua fría lo despertó a medio camino, le interrumpió la gloria y la inmortalidad.
Desde aquellas épocas Ramón Asís andaba postrado. Su lado derecho muerto hasta los huesos, un olor putrefacto lo rodeaba. Su lado izquierdo persistía en no morir. Podía mover la mano, el pie, el guiño y la ceja. Una mueca constante se minimizaba y se maximizaba en su cara. Había perdido el habla hacía ya casi dos años.

El doctor Del Vecchio lo vio y vio a su alrededor. Estaba tirado sobre un catre con cuero de vaca. El mate y el cigarro lo custodiaban. Bajo una bolsa de estopa descansaba la carne humillada hasta la podredumbre. No había otra ventilación que la puerta de entrada. No había otro portal hacia el exterior que la puerta de entrada. Desde el catre yacía día a día, noche a noche. Veía las sombras de la paisanada gigantes como montañas al alborear, disminuirse en el mediodía y renacer hacia la tardecita. Finalmente las veía desvanecerse ante la vigilia del lucero.
- ¿Usted no teme a la muerte? - Preguntó el ilustrado capitalino. El viejo negó con la mirada.
- ¿Usted no quiere vivir? – Insistió y otra vez la negación.
- ¿Acaso no cree que hay algo en este mundo que le pertenece sólo a usted? ¿Pretende renunciar a su destino? – Cuando el idealismo empezaba a esbozar frases forzadas en su boca observó los ojos del muerto que lo veían desde el fondo. El farol tímido denunciaba la noche promiscua que ya les pertenecía.
Don Ramón Asís abandonó por primera vez en mucho tiempo esa mirada propia de esclavos serviciales agradecidos de su condición antes que de la muerte. Once años pasaron y once años le llevaba de ventaja en una vida ausente de toda vida. La mirada del doliente fue la mirada del domador, de soberbio paisano de este Chaco querido. Con el mayor de los cinismos desnudó su cuerpo muerto. Muerto estaba y muerto seguiría. Doctor Del Vecchio comprendió entonces que la muerte no es un estado transitivo.
Los minutos se hicieron horas. Las sombras de la paisanada se llegaron a La Quebrada nuevamente. El sol era un par de puntos dispersos en el este. El sanador sentado afuera pitaba nervioso y pensativo. El Mañero pastaba a su lado como adquiriendo fueras extras en su pétrea tarea.
- Pensar que alguna vez fuiste un potro altanero, hijo del diablo a según dicen. Ahora cargás con mil años sobre tus huesos. Bien muerto deberías estar. – De esta manera le habló el médico al pingo, luego le precipitó el pucho. Había una obligación en ese pensamiento. Él era el destino.
Como un rayo entró en el galpón de adobe, el viejo dormía. La caña en la zurda y el facón en la diestra. Tomó el corazón del doliente y lo arrancó de su cuerpo. Un grito aterrador hizo eco en los oídos de la peonada, pronto todos rodeaban el altar. Latiendo el corazón se lo mostró a Don ramón que exhalaba con dificultad pero que no moría. Exhalaba siempre el anteúltimo respiro.
Envolvió el corazón en el pasto húmedo de un fardo prolijamente armado y se lo brindó en alimento al viejo caballo flaco que tiraba de la carreta del lechero. El diablo se apoderó de él. Una patada fue suficiente para desarmar las cadenas que lo aprisionaban. Corrió por todo el terreno verde, dio dos vueltas al establo y levantó vuelo sobre la cabeza de los peones boquiabiertas. Ya en el cielo se transformó en Carancho y luego en Cóndor. Voló hasta perderse de una vez y para siempre entre las nubes. Al volver la vista la peonada felizmente descubrió a Don Ramón Asís… la muerte dormía en sus ojos.

Ariel Ernesto H. C.